Cuando éramos jóvenes, los que nacimos en el último tercio del siglo XX, teníamos la sensación de haber llegado a un mundo hecho, acabado, culminado.
Aparte de algunos sueños acerca de coches voladores en el año 2000, vivíamos en la cumbre del avance científico y tecnológico. Salvo alguna minucia como el cáncer o el SIDA, la medicina parecía haber llegado hasta lo más recóndito de la enfermedad humana. Las artes plásticas, la música, todas las bellas artes, habían alcanzado su cúspide destilando toda su esencia para alcanzar el minimalismo casi infinito de blanco sobre lienzo blanco o 4'33".
Toda la tierra firme del planeta estaba cartografiada, los Polos conquistados, las dunas de los desiertos numeradas, el Amazonas arrasado, los Himalayas hoyados catorcemil veces catorce y hasta un batiscafo había descendido hasta el fondo de la fosa de las Marianas.
Cada sueño aventurero del siglo XIX de Julio Verne había sido cumplido. Sabemos que el centro de la Tierra es un núcleo de hierro, ¡si hasta llegamos a la Luna!
Todo parecía estar inventado.
La democracia conquistada se había consolidado. El Estado, la Constitución, Estrasburgo y la ONU nos aseguraban el disfrute de unos derechos humanos larga y duramente peleados por otros que habían venido antes que nosotros y nos habían dejado una herencia cómoda.
Leyes para garantizar las condiciones laborales de los trabajadores, leyes para asegurar la libre circulación de bienes y servicios, leyes para distribuir la riqueza generada, leyes para procurar un acceso universal a la educación y a la salud, leyes para proteger de la acción humana el equilibrio del medio ambiente.
Toda parcela de progreso social estaba ocupada por gente voluntariosa, toda expresión humana individual y colectiva impulsada y protegida por una estructura política igualmente voluntariosa.
Antes de Google, parecía que los países desarrollados habíamos descubierto el "Don't be evil".
Todo parecía inventado, todo culminado, todo parecía estar hecho. La humanidad en presencia de su perfección, a un paso de entrar en el paraíso.
Y qué mentira era todo.
Toca salir a la calle, a recuperar lo que nos están robando los poderosos.
Y eso, para uno que nació en el último tercio del siglo XX, no es tan mala noticia.